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Toda la culpa es de Peralta

Enviado por Iván Martínez B. el 15/06/2010 a las 12:57 PM

Dionisio Peralta nunca terminó los estudios. De su paso por la escuela lo único que recuerda siempre es que los griegos organizaban sendas fiestas en honor a un dios que llevaba su nombre. Su padre lo culpaba de haber venido al mundo sin pedirlo, y su madre de haberla convertido en una esclava de la casa, obesa y amargada.

La abuela machacaba a diario al pobre niño diciéndole que él era la razón de las desgracias de su madre, que de no haber nacido tal vez hubiera conseguido un mejor esposo.

A los siete años, cuando el padre abandonó a la madre por una mujer más joven, ella comenzó a enrostrarle que todo aquello era a causa de su retardo y que era un idiota que aún no aprendía a leer. Pero Dionisio Peralta sí sabía hacerlo. De hecho lo hacía por las noches a escondidas para evitar que el padre borracho le robara los libros para cambiarlos por trago.

Al cumplir los diez, ya había leído toda la obra de Verne, Dickens y se aprestaba a continuar con Dostoievsky. Pero no hablaba más que para lo justo. La madre trabajaba de seis a nueve para sostenerlos a ambos.

A los trece años lo culparon de un robo. La vecina del frente llamó a la policía a causa de la desaparición de su televisor. Decía que como Dionisio pasaba todo el día solo y sin madre que pudiera controlarlo, lo más seguro es que estuviera metido en la droga y aquello era razón para creer que había cometido aquel delito.

El policía que entró a su casa al  verlo esmirriado, medio pajarón y tan atento a la lectura, le regaló una libreta para que escribiera sus memorias cuando fuese adulto. A simple vista no parecía un ladrón y le llamaba la atención lo tan educado que era al contestar las preguntas.

Cuando quiso jugar al fútbol, sus compañeros le achacaron todas las derrotas del campeonato. Y el penal que se perdió contra los “azules de Malleco” lo persiguió toda la vida. El entrenador dijo que en toda su vida no había conocido defensor más malo que él y que toda la culpa del bajo rendimiento de su equipo se debía a que era algo “rarito” y que no le extrañaría que fuese maricón ya que no se comportaba como un hombre en la cancha.

Al cumplir los quince, su madre fue despedida del supermercado después de nueve años de partirse la espalda como cajera. En el último turno la habían sorprendido llevándose a casa unas cremas para reducir la cintura. De eso también culpó al pobre Dionisio, porque decía que de haber sido un hijo más empeñoso en los estudios habría logrado alguna beca en el colegio y no tendría que trabajar tanto.

Cuando Dionisio Peralta cumplió los 18 años la madre lo largó a la calle y le prohibió regresar a menos que aportara a la casa con un buen sueldo que hiciera justicia a sus años de sacrificio. Dionisio Peralta jamás volvió. Cuando a los años se encontró con su madre en una feria libre donde vendía revistas antiguas, ella le echó en cara el haberla olvidado y le dijo que la muerte de su abuela había sido también a causa de las rabias que le había dado en la vida y a no tenerla presente aunque fuese una vez desde su partida.

Fue la última vez que vio a su madre. Al año siguiente supo que había muerto asesinada por su conviviente, en medio de una discusión absurda a causa del dinero. Dionisio no sintió deseos de vengarla, ni siquiera quiso preguntar qué sucedió con el homicida.

Con los años conoció a Teresa. Pronto se enamoró y se empeñó en conseguir un préstamo para una casa. Como Dionisio nunca terminó los estudios, jamás logró conseguir un trabajo decente ni mucho menos un préstamo. Su mujer se fue a los pocos años de la mano de un compañero de oficina, culpándolo de haber destruido su matrimonio haciendo promesas que nunca pudo cumplir.

Durante 5 años se dedicó a trabajar como vendedor ambulante y cuando logró mejorar su situación  económica, Teresa volvió diciendo que su vida lejos de él había sido un infierno, que su nueva relación había fracasado por su culpa, porque su recuerdo era firme y resistente, y sin aviso se instaló junto a él y una hija de tres años concebida fuera del matrimonio.

Cuando Dionisio cumplió los 50 se animó a terminar los estudios. Debió realizar todos los años de secundaria, incluso los que ya había cursado a causa de que un incendio había destruido su antiguo colegio. El profesor le dijo que la culpa de todo era de él, que si hubiese sido más responsable con sus papeles no habría tenido que rendir los cursos por segunda vez.

Al llegar los exámenes Dionisio aprobó con distinción las pruebas de lenguaje e historia. En matemáticas sin embargo no logró la suficiencia. El profesor nuevamente lo culpó a él por no haber puesto atención en la medida necesaria y por haber faltado a las clases. Dionisio no quiso continuar y abandonó la sala para siempre.

Dionisio prosperó en su negocio de revistas y pudo pedir incluso un crédito pequeño para un kiosco. Su mujer lo acompañó al banco el día que cobró el cheque y decidió que como Dionisio era malo para las matemáticas ella administraría el dinero.

Cuando a Dionisio comenzó a irle bien, Teresa decidió que ya era tiempo de tener un nuevo hijo, por lo que al conseguir embarazarse decidió quedarse en casa. Durante los primeros tres meses, Dionisio la atendió con cariño y le brindó todos los cuidados que jamás le brindaron a él. Al cuarto mes Teresa perdió al bebé. Entonces, no teniendo a quien culpar y temerosa de achacarle a Dios la tragedia, le enrostró la responsabilidad a Dionisio, diciéndole que era por supuesto su culpa. Lo culpó de eso, de que su hija mayor se quisiera ir a vivir con el padre, incluso de haberlo engañado con él durante todo el último año sin que él lo supiera  antes de embarazarse. Le dijo que nunca hubiera sido un buen padre y por segunda vez lo abandonó, llevándose todo el dinero que Dionisio logró ganar en el kiosco.

Los vecinos se olvidaron de él hasta que un día lo encontraron tirado en la calle, borracho y sucio. Entonces le encontraron la razón a Teresa de haberse marchado. Lo culparon de no haber sabido retener a su mujer, de haber manejado mal su negocio, una señora insinuó que golpeaba a su mujer y que tal vez por eso había perdido a su bebé, otros lo culpaban de no haber cumplido las promesas que había hecho cuando levantó el kiosco, que iba a arreglar la reja de la cancha, que iba a tirar unos cable para la luz, otros incluso lo culparon de no haber pagado nunca las cuotas sociales de la junta. Con el tiempo lo culparon de no haber hecho nada para sacar a los jóvenes de la droga, de no haber compartido el dinero que había ganado, empezaron a culparlo de los animales que desaparecía por la noche, de la ropa que se esfumaba de los cordeles en los patios, de cada miseria de los habitantes de su villa. Lo culparon de no haber evitado la muerte de un niño que cayó bajo el sonido de dos balazos secos un sábado por la noche, y el día que supieron que su hijastra sería madre antes de los doce también pensaron en culparlo a él.

Por eso cuando la policía vino aquella noche a buscarlo por la muerte del nuevo amante de Teresa, Dionisio agachó la cabeza, se entregó sin mayor resistencia, porque aunque no estaba seguro, un día de esos en que solía entregarse a la adoración de su dios embotellado, creyó ver a Teresa a lo lejos besándose con un hombre, vagamente recordaba su rostro suplicando perdón, y sabía que sería imposible convencerlos de que todo fue en defensa propia.

Desde su celda en la cárcel, Dionisio comenzó a escribir sus memorias, no fuera a hacer que se le pasara el tiempo, y en eso de desperdiciar la vida se aprende que al final no ha sido culpa de nadie más que de uno.

  

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muy bueno

Enviado por liberar blackberry el 18/07/2011 a las 01:01 PM
liberar blackberry

muy buen articulo


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