Cuando María Gracia me lo pidió no lo pensé dos veces. El fin de semana era largo, Buenos Aires estaba a precios de remate y su madre había deseado toda la vida cruzar la cordillera. Su padre analizó los costos con paciencia, repartió 10 cheques para los pasajes, los que pensaba cubrir cuando le llegaran una platitas que se ganó por trabajar horas extras, y reservó el dinero que tenía en efectivo para cambiarlo por dólares y salir de compras. Lo único malo era que el tour no debía detenerse una noche en Mendoza. Luego se irían en avión a la Capital. Tenían pasaje para las 9 de la noche en semicama. La Negra me contó todo en menos de un minuto. Me rogó que fuera, que esta vez haríamos de todo. Entonces me bañé, agarré la mejor camisa, unos calzoncillos matadores y me fijé que los calcetines no tuvieran ninguna sorpresa de la que después pudiera avergonzarme. Me eché encima todo el frasco de Paco Rabanne y en menos de una hora ya estaba instalado en el living amplio y bien decorado de la familia Pereira.
Sobre la mesita de centro, la Negra había colocado unas fuentes de vidrio con cosas para picar: unas papas fritas crujientes que se me pegaban en los bigotes cada vez que las untaba en la salsa de camarón, unas tremendas aceitunas que dijo eran del norte y una tabla de cuadritos de queso mezclados con pasas. Para beber, unos vasos llenos hasta el borde de ron cubano mezclado con cocacola. Ella se había arreglado de modo que sus veinte años parecían treinta, toda una mujer lista para el desenfreno de una noche que en mucho tiempo no habría de repetirse. Ya no estaba doña Amanda observándolo todo desde el espejo que daba al comedor, interrumpiendo en el momento justo, ni don Leo que apenas llegaba quería que todos se fueran a acostar y nos mandaba para nuestras casas alegando que era tarde.
Aquella era una noche para dos, sin los amigos que siempre terminaban por echarlo todo a perder. El ron estaba fuerte así que ligerito nos subió el color a las orejas y empezamos a mostrar los cueros con los que Dios nos envió al mundo. La Negra era mejor de lo que imaginaba.: toda una escultura. Tenía unas piernas largas coronadas con un lunar entre medio de los muslos. Sentía ganas de morderla, como si fuera un queso más sobre la tabla de la mesa. Nos llevamos el ron y los picadillos a su cuarto. Me había servido el quinto vaso y aún me acordaba de mi nombre. Estaba listo para representar el papel hombre-fiera, mezcla de Charles Bronson y Tarzán cuando la Negra me detuvo.
-Aquí no-me dijo, Al lado, la cama es más grande.
Y le encontré razón porque mi casi metro 90 de altura y 100 kilos de curiosidades, apenas se hubieran podido repartir en su lecho acomodado junto a la ventana. Dejé el vaso y la seguí. Ahora sí que no podía echarme para atrás, ni quería tampoco. La Negra apagó los celulares, descolgó el teléfono y me pidió que le cantara primero para que se le quitaran los nervios. Le dije que no tenía voz para el canto, pero que me esforzaría. Me acordé de un tango que mi abuelo siempre cantaba para los cumpleaños de mi abuela. ?Adiós, Buenos Aires?algún día he de volver..a la Calle Corrientes.. donde vive esa mujer..? Entonces se rindió, apagó la luz y se quitó lo último que llevaba de ropa. Estábamos poniéndonos cómodos cuando María Gracia se levantó.
- La mierda-susurró y corrió a buscar el camisón.
- ¿Qué..qué pasa?-le dije
- Cállate y métete debajo de la cama. Alguien prendió la luz del patio.
La mierda. No sé cómo me las arreglé para acomodarme en ese estrecho espacio. Giré un poco la cabeza y pude ver a María Gracia colocándose una bata y cruzar el living. No terminaba de acomodarse el lazo cuando se abrió la puerta.
Yo sólo pude ver las piernas de una señora bajando maletas y me imaginé lo que venía.
- Cerraron el paso mijita, está nevando fuerte en la cordillera- dijo llevándose la mano hacia el pecho - ¿A qué huele usted? A ver, venga para acá.
- ¡Mamá..!¿Y Buenos Aires?
- A nada Mamá, me tomé un traguito para el frío.
- Anda a costarte mejor mira que tu papá viene hecho una furia.
- Pero, Mamá..
- No, no. Acuéstate no más mira que no quiero más problemas.
El Viejo Pereira cerró la puerta. Bajó un bolso y se quedó en el living unos minutos.
- La mala suerte, vieja. Será para el otro mes. Voy a tener que recuperar los cheques.
- Ven a acostarte mejor.
- ¿Y la María Gracia ?
- Ya se durmió, ven a acostarte.
Primero se sentó la señora. Se sacó los zapatos y los metió a unos pocos centímetros de mi cabeza. Me quedé quieto conteniendo la respiración. Después fue don Leo quien terminó apagando la luz y dejando mi nariz a punto de rozar el colchón. Por suerte venían cansados porque ninguno hizo el intento siquiera de juguetear como premio de consuelo al viaje frustrado. Hubiese sido injusto contar los dólares encima de mi cabeza.
Esperé a que la Negra ideara una forma de rescatarme, pero pasaron los minutos y ella no apareció. Se perdió en su pieza y no volví a escucharla. Relajé de a poco la respiración y decidí esperar a que se durmieran. Lo bueno era que el piso estaba alfombrado y eso me ayudó a protegerme del frío. Debió pasar una hora antes de hacer mi primer intento de moverme. Saqué lentamente una pierna y luego la cabeza, buscando salir de a poco por un costado, aprovechando la oscuridad y antes de que amaneciera. Me fue inútil. Donde fuera que me corriera doña Amanda me seguía con el cuerpo. Debo haber estado al menos dos horas con media pierna fuera y mi cabeza completamente atorada. Vuelta atrás. Empecé a deslizarme hacia el lado de don Leo, creyendo que tenía mejor dormir. Fue peor. Ya entonces comenzó a rendirme el sueño y me entró el pánico. Nunca me había hecho ver el tema de los ronquidos y estaba seguro de que apenas cerrase los ojos todo el esfuerzo de esas horas habría sido en vano. Hice de todo para aguantar el sueño. Conté ovejas que se burlaban a destajo de mi desgracia, las imaginaba saltar sonrientes la cerca, y cuando un ojo se rendía entonces imaginaba a don Leo con una escopeta y volvía a abrirlo.
No recuerdo bien el momento, pero debe haber sido cuando la señora sintió frío y se acomodó bien cerca de su marido. No lo pensé dos veces. Llevaba al menos hora y media aguantando con esfuerzo las ganas de orinar. Salí de puntillas y abrí la puerta del dormitorio de la Negra. Estaba claro ya. María Gracia estaba tendida sobre la cama, envuelta apenas en su bata. Me tentó el lunar negro entre los muslos. Traté de despertarla pero fue inútil. Sobre el velador vi la botella vacía de ron. Tomé mi ropa y me fui vistiendo por el living. No quise pasar al baño. Abrí la puerta y corrí lo más rápido que pude. En la esquina, detrás de un árbol, me paré y respiré tan hondo que apenas alcancé a darme cuenta de que estaba mojando los pantalones. A esa hora ya no importaba nada. Me acomodé la camisa y partí al departamento. Pensé en María Gracia, en lo cerca que estuvimos y me fui por el medio de la calle entonando el tango que cada vez me salía mejor.





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Formidable narración! pero que tipo con mas mala suerte...gracias por exponer aqui tu creación.
Saludos, CaTa